va por su octavo presidente

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Au revoir, Bryce!!! Au revoir, mes écrivains!!!

Publicado: 2026-03-25

Ahora que en definitiva nos hemos quedado huérfanos de parentes literarios, ahora que con la muerte de Alfredo Bryce se ha completado este triunvirato, heredero de troubadours del Medioevo, que debe estar reunido en el monte Parnaso —aquella triada que para un peruano iban indesligables uno del otro, los tres modelos de escritores modernos que se fueron yendo desde un lejano 1994, cuando Ribeyro parte, joven en relatividad; y el pasado año, Mario Vargas Llosa—, aquí esbozo memorístico de lo que han representado para generaciones sucesivas quienes han ido pasándose sus obras como la varilla de una carrera de relevos.

Si bien en diferentes carriles, a los tres los aunó en principio una meta que fue París, un locus amoenus citadino, digamos; el París de inicios de los 50 para Ribeyro, el que finalizaba para MVLl; y un París a poco del "Mayo francés" para Bryce; cuando llegaron a "la ciudad luz", cuna y puerto ineludible en la historia de las Artes; la ciudad accueillante para estos latinoamericanos exiliados de las letras; tan lejana e indiferente su patria, el Perú, mezquina, con sus poetas y otros artistas, —ya Vallejo ha estado decenios atrás, aunque con final menesteroso— para el abono fértil de una carrera literaria. Mas sus mentores de cabecera, sus lecturas capitales, son quienes los separan, merced a quienes formaron sus propios estilos, divergentes e intocables; Chejov para uno, Faulkner para el otro, Stendhal para Bryce; lista rápida y grosso modo.

¿Que cómo sobreviven a través de ediciones que se renuevan? Buena pregunta y respuesta evidente, a su vez larga e interminable. La calidad narrativa de sus propios sellos, el talento cultivado, fruto de la dedicación; y honestidad paciente y trabajosa para alcanzar la originalidad de sus voces, operaron luego tipo ley de la gravedad que los alterna como ejes de levas, que se reemplazan a modo sincrónico para aparecer en discusiones, en foros, en ensayos, y en reediciones de sus obras. 

Los tres, desde sus estilos disímiles entre sí, nos hicieron más peruanos, en el sentido de una identidad, transversal; si no es pleonasmo esto último. Quizá el menos favorecido fue MVLl, por su incursión en política y la publicación de El pez en el agua, libro amargo y de resentimiento hacia actores políticos en Perú. Pero indistintamente, a esta triada de narradores preeminentes, se los leía sin reparos —La ciudad y los perros Conversación en la Catedral, entre tantas otras de sus novelascongregan a las gentes y la historia del real Perú. O los personajes de Ribeyro, aquellos que viven de las sobras que la gran ciudad va dejando, en una casucha al pie del acantilado, o aquel colchonero viudo que junto a su hija, que ha perdido a su hermano, ocupan el Interior L de una casa de vecindad, estos y otros cuentos agrupados en el grueso volumen La palabra del mudo. O los adolescentes de Huerto Cerrado, los chicos bien y sus travesuras de consentidos del Country Club de San Isidro—, porque los tres estilos juntos son como frescos de la sociedad peruana. Unos más dichosos que otros, unos más infelices que otros, pero todos imperfectos. 

Recuerdo a unos jóvenes, fauna universitaria venida desde Iquitos a mediados de los 90, viviendo en casa alquilada en Breña. Uno de ellos hasta había establecido su ranking literario; podio de bronce para MVLl, «porque es muy morboso», decía —nunca entendí el punto de sus reparos—; plata para Bryce, por lo fresco de su estilo, certero en ironías, y sus entrañables personajes; y medalla de oro para Ribeyro, porque era el menos exhuberante en piruetas literarias, depurado en su lenguaje más dado a lo clásico. En ese escala iban sus preferencias. 

Y dentro de esta casa en Breña, un coterráneo más que toma prestado mi ejemplar —ejemplar pirata que para ese tiempo pensaba que el libro que yo atesoraba era original— y el consenso en aquella pensión de jóvenes era Un mundo para Julius que había pasado por las manos de todos en algún momento, y al último de ellos, técnico en computación, al que le faltaba leerlo, cada vez que volvía de su empleo, donde seguramente era mal pagado, antes de meterse a su cuarto con el libro en mano exclamaba, «¡Qué dice, Julius! ¡Qué dice, Julius»! y una sonrisa de oreja a oreja, contento, tras su jornada, porque iba a sumergirse en el solaz de una novela que había dado reconocimiento a Bryce veinte años atrás.

Para decepción de herederos, directos e indirectos, generaciones de escritores ya no tan jóvenes, corre un aire que los interpela, aquellos quienes no han podido alcanzar el éxito apabullante y unánime de sus mentores. Digamos que se abrió un gran hoyo entre exponentes de la talla de Vargas Llosa, de Alfredo Bryce y de J. R. Ribeyro. De hecho, la amplia sombra dejada, en mayor medida por el Nobel, eclipsó a su generación inmediata. Igual, es el tema de conversación entre escritores de hoy que, con un par de novelas, de mediana resonancia, llegaron a su pináculo. Y se dejaron de reventar los bombos y los platillos. Lo que venga es más ruido publicitario que nueces literarias.

Otra de las razones —ensayan algunos, como intento de respuesta—, se debe, quizá, a que el abanico editorial de estos tiempos ha provocado una suerte de atomización —comprende auto publicaciones y pequeños sellos editoriales que apuestan por jóvenes con más entusiasmo que talento—, lo que hace más difícil detenerse en unos pocos autores y encumbrarlos como "los escritores de estos tiempos", mientras que el filtro de los años 60, 70, y 80, con un aparato concentrado en medianas y grandes editoriales, hacía que la criba fuera más rigurosa, asociado al canon jerárquico a los que se añadía el virtuosismo técnico, los saltos en el tiempo, la polifonía de voces, los monólogos interiores que se mezclaban con el lenguaje de la calle como atributos de novedosas formas de contar; estos últimos asociados más a MVLl y al autor de Julius.

Y un mal paso fue tal vez andar sobre senderos que ya habían sido andados, porque muchos trataron de emular, al calco, las pisadas exactas de sus antecesores, sin percatarse que los tiempos del "boom" ha sido momento único e irrepetible por factores varios, los sociales, en el que resalta ese romanticismo revolucionario latinoamericano que con el correr de las décadas se fue difuminando. 

Pienso en Bryce, y pienso que algunos escritores no necesitan de premios, de un Nobel o parecido, de una condecoración que enfatiza que a partir de ahora se es "inmortal" (el caso Vargas Llosa como validación urgente; innecesaria, además), para meterse al bolsillo la memoria y la sonrisa de un montón de lectores como lo hizo con Tantas veces Pedro, o en la desopilante La vida exagerada de Martín Romaña o el vital Antimemorias. Permiso para vivir. Porque si bien en vida, reconocimientos innumerables tuvo —premios más, premios menos, que en realidad no resultan relevantes—, fue en cambio su impronta, ese humor que resulta inimitable, como la carga nostálgica de su obra; ejemplo de ello, las inolvidables líneas de su novela prima: «Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina..., y etcétera y etcétera y etcétera», lo que le asegura a perpetuidad nuevos intérpretes, invaluable gesto en comparación.


Escrito por

Marco Antonio Panduro

Autor de: Crónica Vagabunda, Apuntes Perdidos, Los amantes de mi abuelo, Nunca antes y nunca después, Modernidad Carnavalesca y Mesa Desnuda


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