espera nuevo capítulo

Los misteriosos caminos del Señor

Publicado: 2025-12-23

Entre platanales y sembríos de maíz en Pueblo Libre, un pueblito metido en el corazón de la región San Martín donde la siembra del café da sustento a la comunidad, a Jhemy Tineo Mulatillo no le quedó más que leer en casa la versión para niños de la Biblia entera; y el Gilgamesh y el Decamerón de Bocaccio en la biblioteca de su escuela. Y los leyó, no porque esas hubieran sido sus preferencias, sino porque no había nada más por escoger. Y fueron esos sus libros de cabecera, alejados del canon que te hace escritor en tierras peruanas, en lugar de El Tungsteno, o Conversación en la Catedral, o si se quiere ampliar a planisferio Sudamérica, Cien años de soledad, o cualquier otro éxito editorial de Oveja Negra o Seix Barral en los años del “boom latinoamericano”. 

Nadie decide su destino, al menos no en primera instancia. Y, claro, para un postulante de escritor, Pueblo Libre ―la gente cree que nació en el distrito limeño―, quizá no era la Babilonia para labrarse una carrera en la atalaya de las letras y no le quedó más que traer a la capital, en sus petacas, sus sueños de escritor, como si lo hubiera dictado algún versículo del Deuteronomio.

A unos pasos de aquí, este joven de 39 años acaba de terminar su jornada en la colegio secundario para señoritas República Argentina. Antes de esta experiencia laboral, tuvo a cargo el curso de comunicación en el emblemático Nuestra Señora de Guadalupe, muy cerca de aquí también, en la avenida Alfonso Ugarte, donde el tráfico se mantiene endemoniadamente denso; y la larga fila de buses detenidos cuadras más allá, con sus cobradores colgados desde la puerta rebatible de los vehículos, llamando y llamando pasajeros, es el impedimento para que otros armatostes puedan avanzar hacia la vieja plaza Dos de mayo.

«No me gusta la chacra», me interrumpe en mis observaciones ahora que decidimos voltear por la avenida Uruguay y encaminarnos hacia Quilca. 

En 2004 recaló en Lima y tras una temporada de realizar múltiples oficios, incluido guardián nocturno, fue insertándose en el mundo de las aulas. De hecho, desde Moyobamba vino con algún título en pedagogía bajo el brazo.

«Pregúntenme todo lo que quieran en clase», les dijo a sus alumnas a comienzos de este año, suerte de consigna permanente. Fuera de estas horas, no atiende ni absuelve dudas; mejor dicho, pide que no lo interrumpan. Si se encuentra dentro de sus horas libres, son en estos "huecos" donde aprovecha para escribir.

Por lo que cuenta, Jhemy Tineo Mulatillo es un escritor ambulante; suele hacerlo en su cama, en el comedor, en el sofá, en cualquier parte de su casa. Para algún medio ha contado que escribe en los autobuses, desde San Juan de Miraflores. También puede ser en el Metropolitano, en el “Chino”, aquella vieja flota de transporte público que atraviesa Lima de cabo a rabo, llevando y trayendo de un distrito extremo a su otro extremo, peruanos y venezolanos, obreros y enfermeras, profesores y universitarios, escolares y mamás que los acompañan.

De hábitos muy comunes en los escritores de hoy, enfrascados en abrirse parcelas para sus propios sembríos, debe llegar temprano al paradero para encontrar asiento. «Me siento pegado a la ventana, siempre en ese lado para no incomodar a nadie, y me pongo a escribir a mano o a corregir textos», declaró a algún medio digital. 

Frunce el ceño por un instante, como si estuviera cuestionándose si su modo de enseñanza tuviera impacto en sus alumnas. Sin haberlo visto dictar una sola clase, «Para mí está fuera de toda duda», le digo. Es un escritor y, por tanto, no creo que sea de esos típicos maestros, viejos rígidos y esquematizados, de poca imaginación y de «racionalismo oscurantista», como alguna vez escribió Gabriel García Márquez.

En un local “multi propósitos” ―he decidido bautizarlo así―, frente a la Plaza San Martín, nos hemos sentado por fin, y la camarera venezolana nos ha dejado sendas tazas de café pasado, de los más negros, de granos casi quemados, y aunque la coincidencia suene inverosímil por lo irónica, desde hace un rato (hasta ya parece un chiste) un sonoro karaoke repite y repite la “intro” de Hells bells de AC/DC, con el tañer lento de sus campanas, y la distorsionada guitarra de Angus Young. Hay gente que bebe enormes botellas de cerveza Pilsen; en otra mesa, un hambriento oficinista de saco y corbata ha ordenado una olorosa fuente de tallarín saltado que pasa humeante por nuestras narices. 

En una Lima que prohíbe de todo cada vez más, debe ser de los pocos locales donde se puede sentar a tomar un café, a reponer el almuerzo retrasado, iniciar una noche de bohemia, y fumar sin miramientos, sin temor a que el comensal de al lado “pitee”, mismo los despreocupados y menos asépticos tiempos ochenteros.

«Es un pueblo totalmente distinto al de mi infancia», continúa Jhemy en su recuento biográfico. «Cuando yo nací, el lugar recién tenía siete años de fundado. Ahora se estima la población en unos 8 mil habitantes. «Prácticamente, Pueblo Libre y yo hemos crecido juntos».

Me cuenta que la primaria la estudió en un caserío que fundaron algunos familiares de su padre. «Un lugar rarísimo, macondiano totalmente: todos allí eran mi familia y se apellidaban Tineo». Y en las casas se escondían huertas llenas de frutas, zapotes y guabas; y las hierbas malas invadían las calles sin pavimentar. Y cuenta que aquellos pocos transeúntes paseaban por la plaza y al mismo tiempo arrancaban garas garas, unas “hierbas del demonio” que si te descuidabas crecían hasta en las orejas sucias de los niños. «Ese es el pueblo que aparece en mi primer libro». 

En 2019, fue alumno de la maestría de escritura creativa dictada en San Marcos. Tipo los barristas que se ubican en las tribunas de norte y sur de los estadios, había dos tendencias muy marcadas que separaban a los escritores en ciernes; los recogidos de Raymond Carver, y los hijos putativos de Bukowski. Y en medio de la cancha, esta rara avis que planeaba en busca de su propio estilo. «Estuve un año en presencial», agrega. 

Sus dos libros publicados ―Los restos de la piel es el otro― alcanzaron su forma final en esos dos años. Me confiesa, empero, que cometió un “gravísimo” error. «Debí trabajar menos y no descuidar las "chelas"... Luego llegó la pandemia y ya no hubo “chances” de hacer amigos los fines de semana».

Su opera prima le valió el Premio José Watanabe Varas 2021, y agrupa historias de una comunidad evangélica. Los personajes, fanáticos religiosos, son sacrílegos, y actúan a partir de sus grietas, incapaces de verlas. Y si bien se menciona el poblado Zapote o el río Huascayacu, son historias ambientadas en un lugar impreciso, pero a su vez altamente reconocible por sus suelos y calores amazónicos, donde la monotonía en sus vidas viene desde hace mucho. Sobre esto, en coincidencia, una parte de la crítica* señala que en Los sacrificios de la carne se lee «tesis implícita sobre la naturaleza precaria del orden civilizatorio y las paradojas de la condición humana».

Génesis, Moisés, David, Jesús, así ha llamado a sus personajes. Cada cuento puede ser leído por sí solo, pero son también historias consecutivas de estos mismos. Mas insiste que no todo es vivencial, «son testimonios». Sería más exacta la precisión que fueron los hechos de los que fue testigo, en sus peregrinaciones de niño, el inconsciente insumo narrativo. En «Los Pelones», por ejemplo, unos tipos armados (quizá, terroristas; tal vez, narcotraficantes, es difuso hacer un identik) han reclutado a los hombres, y el pueblo ha quedado habitado solo por mujeres, exceptuando a un marido que, por un azar casi risible, se ha quedado acompañándolas. Justamente su mujer confiesa, «tendré que hacerme la dormida para que Jesús vaya a encontrarse con ellas». Y hay humor claro, como cuando confiesa a su mujer que tendrá que "sacrificarse" por ellas.

Importa poco la gracia pecuniaria (¡bienvenida, por supuesto!), pero digamos es el reconocimiento al trabajo del escritor que otorga su mayor valía, o la luces que se encienden sobre este alguien que es merecedor de un premio que ya alcanza tradición; el Watanabe, en este caso.

El año pasado, el “Señor de los cielos” de sus personajes le tenía todavía reservado otro designio. Con un jurado nada anodino, la deliberación de las escritoras argentinas Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, y del chileno Alberto Fuguet, lo ubicó como finalista del Premio Clarín 2024.

Este laurel a su novela Los restos de la piel ―extramuros de la colonial y ciudad letrada llamada Lima―, le ha valido ser publicado por Tusquets. Nada mal para alguien salido hace más de veinte años desde aquel remoto poblado en la selva sanmartinense. Un escritor que por ciego y neutral mérito se ha abierto camino sin el acostumbrado “lobby” del amiguismo literario de estos lares.

-------------------------------------------------------------

* https://leeporgusto.pe/2023/05/17/sobre-los-sacrificios-de-la-carne-de-jhemy-tineo-mulatillo/


Escrito por

Marco Antonio Panduro

Autor de: Crónica Vagabunda, Apuntes Perdidos, Los amantes de mi abuelo, Nunca antes y nunca después, Modernidad Carnavalesca y Mesa Desnuda


Publicado en